El
Perú es sinónimo de montañas.
Visto desde el aire, el territorio peruano se
asemeja a un papel arrugado de dimensiones colosales.
La razón de ello es la presencia magnificente
de la Cordillera de los Andes, que recorre,
cual gigantesco espinazo de roca y nieve, el
territorio peruano de norte a sur, modelando
su geografía y, con ella, su paisaje
y sus gentes.
Los
Andes se despliegan por el interior del Perú
y forman la mayor concentración de cumbres
del continente americano: un intrincado sistema
de cadenas montañosas o pequeñas
cordilleras –cerca de 20– coronado
por un millar de picos superiores a los 5,000
m.s.n.m y más de una treintena por encima
de los 6,000 m.s.n.m.
Las
cadenas montañosas más conocidas
son la Cordillera Blanca y Huayhuash, en el
departamento de Ancash; Vilcanota y Vilcabamba,
en el Cusco; Carabaya, en Puno; Chila, en Arequipa;
La Viuda, en Lima, y Pariacaca, en Junín.
La
presencia de la cordillera en el Perú
es tan importante que resulta casi imposible
imaginar un paisaje en él sin pensar
en grandes cerros dominando el horizonte. Sólo
la llanura amazónica y algunas zonas
del árido desierto costero carecen de
los gigantescos vigías en su paisaje.
La
Cordillera de los Andes, además de partir
el territorio peruano en dos regiones o vertientes
bien diferenciadas, actúa como divisoria
continental de aguas o divortium acuarum. Dicho
de manera sencilla, esto significa que sus cumbres
dirigen las aguas captadas por las lluvias o
aquellas que provienen del descongelamiento
de los glaciares hacia dos destinos diametralmente
opuestos: el océano Pacífico,
por el oeste, y la gran cuenca del Amazonas,
por el este.
La
ubicación geográfica de gran parte
de la cordillera, situada ligeramente al sur
de la línea ecuatorial, incide de manera
determinante en las características de
sus montañas. Los Andes peruanos constituyen
pues, en gran medida, una cadena montañosa
tropical, y sus cumbres, aunque cubiertas de
nieves perpetuas, gozan de las condiciones propias
de zonas tropicales.
Su
clima es afectado por dos factores: los vientos
tibios y húmedos provenientes de la selva
amazónica y los frentes fríos
que vienen del Pacífico. Estos factores
se combinan para producir una estación
lluviosa (entre noviembre y abril) caracterizada
por fuertes precipitaciones y tormentas de nieve
por las tardes; y una estación seca (entre
mayo y octubre) con días soleados y noches
extremadamente frías y secas en las que
la temperatura es con frecuencia inferior a
–5º C.
En
los Andes peruanos se encuentran las cumbres
más elevadas de las Américas,
con excepción de algunas del norte de
Argentina y Chile. Entre ellas destacan el Huascarán
(6,768 m.s.n.m), la montaña más
alta del Perú; el Yerupajá (6,634
m.s.n.m), la mayor cumbre de la gran cuenca
amazónica; y el Alpamayo (5,947 m.s.n.m),
considerada como la montaña más
bella del mundo en un concurso realizado en
Alemania en 1,960.
El
Perú cuenta además con cadenas
montañosas casi vírgenes, que
constituyen atractivos de gran interés
para los aficionados al aire libre y los deportes
de montaña.
Estos
parajes únicos albergan una impresionante
sucesión de paisajes y una flora y fauna
silvestre de excepción: la puya Raimondi,
que ostenta la mayor inflorescencia del mundo
(más de 10,000 flores) y florece cada
80-100 años para luego morir; bosques
de queñual que se desarrollan casi al
borde de las nieves; yaretas milenarias que
crecen un milímetro al año; tropillas
de gráciles vicuñas, poseedoras
de la lana más fina del mundo; majestuosos
cóndores que dominan los aires; y decenas
de minúsculos colibríes que imitan
los colores del arco iris.
Se
unen a estos atractivos varias culturas de pastores
y agricultores alto andinos que han conservado
tradiciones milenarias de respeto a las montañas,
los Apus sagrados o divinidades tutelares de
las alturas. Los invitamos a recorrerlas.