El
ataque final al abra me arrancó casi todo
el oxígeno que tenía, iba subiendo resoplando
y parando cada treinta pasos para proveerme
de más oxígeno, atrás mío subía Karina algo
más fresca pero prefiriendo dejarme encontrar
el camino. Cuarenta metros antes de llegar
al abra, el camino se encapricha y desaparece,
deja una pequeña huella subiendo a la derecha
que sugiere al caminante que continúe por
el cerro pelado, pura arena suelta, fácil
de resbalar.
Iba
a tomar esa opción pero como sabía que ya
estábamos cerca de la cumbre busqué con la
mirada las apachetas que nunca faltan en las
cumbres y con esfuerzo vi una escondida entre
las rocas, ya con pocas piedras una sobre
otra, pero fue el indicio suficiente para
voltear a la izquierda, Karina subió primero
y confirmó que el camino continuaba por allí.
Unos pasos más y la maraña de rocas dio paso
al abra Chacua Grande, qué satisfacción para
tal esfuerzo, se acababan las subidas. Desde
ese punto podemos ver el camino recorrido
hasta entonces y todo se ve lejano, agudizando
la mirada vi puntitos negros en la alfombra
verde del valle y confiaba que fueran los
últimos del grupo ya que sabía que Elmer y
compañía nos seguían muy de cerca subiendo
el abra y sirviendo de señal al resto. Intenté
usar la radio pero Willy ya no me respondía
desde hace horas atrás por lo que desistí
de continuar monologando “atento, atento Willy”.
Sólo un descanso de dos minutos y empezamos
a bajar con Karina para encontrar un punto
de campamento, tenía la idea de que fuera
al pie de alguna laguna que figuraba en el
mapa. El viento helado nos llegaba desde el
Cañonpunta que mostraba una arista rocosa
filuda y nieve dura casi en su cumbre, su
figura seducía mi imaginación y pensaba lo
difícil que sería una aproximación si me animara
escalar esta montaña. Unos minutos de bajada
y llegamos a la carretera angosta y en mal
estado que alguna mina habrá mandado hacer
para seguir succionando el metal de las montañas
y dejando a cambio
contaminación.
Seguimos el zigzag de la carretera y ésta
nos dejó en la laguna Jatunpata, lugar con
una pequeña planicie propicia para el campamento,
protegida del viento y con abundante agua.
Sin perder el tiempo armé mi tienda para poder
luego descansar y comer algo, nada elaborado,
una kiwinola, un poco de queso, caramelos
y limonada para hidratarme. Descansamos todo
lo necesario, habíamos llegado a las dos y
media de la tarde y aunque podíamos caminar
un poco más, el lugar ideal para el campamento
nos retuvo allí. Media hora después llegó
Erick, tranquilo y tomando fotos como siempre,
y echando a perder el pronóstico de Karina
que decía que el primero sería Jimmy.
Poco después llegó Elmer, Alex y al final
emparejados Arturo y Jimmy. Arturo
nos contó entonces que se había comunicado
con Willy y que le había dicho que él e Irma
se quedarían a acampar a medio
camino
pues Irma se sentía mal y necesitaba aclimatarse
más, dicho esto dudé que los viéramos sino
hasta Lima pero luego ellos se encargaron
de recuperar el tiempo como veremos después.
Todos reunidos en un campamento apacible y
aún con sol, nos dedicamos al relax total,
nos lo merecíamos sin duda, había sido un
día muy duro, dos abras superados y más de
veinte kilómetros recorridos. La noche llegó
con la bruma y la neblina fría nos recordó
que habíamos hecho un campamento a 4600 msnm
por lo que empezamos a abrigarnos mejor. La
cena de rigor la hicieron Elmer y Jimmy -el
resto ya empezaba a holgazanear- frejoles,
atún, tallarines, salchichas, mazamorra y
te, luego a los sacos de dormir, nos esperaba
el sábado, un día menos difícil de pura bajada
para llegar al Oyón, la hora pactada para
el inicio de actividades fue las cinco de
la mañana, sí, ya no estábamos relajando.
No sé de quién era el gallo que cantaba insistentemente,
pero quería estrangular ese celular polifónico
que nos
despertaba justo a las cinco
de la madrugada y peor aun justo cuando en
mis sueños ya estaba llegando a la cumbre
del Cañonpunta, lástima, para otra vez será.
Levantar el campamento nos demoró más de lo
debido, creo que los caminantes subestimaban
lo que nos esperaba por ser de bajada. Entonces
a bajar se dijo, y nos mandamos nomás, yo
con algo de nostalgia porque empezaba a alejarme
de las montañas, quizá nunca más pise esos
parajes y es que el Perú ofrece tantos lugares
por descubrir que es difícil repetir una ruta.
Bajamos y bajamos como un par de horas antes
de toparnos con un tramo conservado del camino
inca, una
escalera
empedrada y un camino más ancho que la carretera
actual nos daban indicios de la mano de los
cuzqueños por estas tierras. Luego vino el
enorme bosque de queñuales al cual ingresamos
porque el camino transcurre por allí, por
partes se pierde, por partes el bosque adquiere
una apariencia de película de terror pero
al final el camino desciende, los árboles
disminuyen, aparece el cerro Amazona y el
río que cada vez carga más agua y se hace
difícil cruzarlo de un salto. En este día
la primera parte la anduvimos como un grupo
compacto, prácticamente todos pisándonos los
talones, pero luego de cruzar el cerro Amazona
el camino se vuelve
monótono, sólo hay que seguir la dura carretera
para llegar a Oyón por lo que Arturo y yo
quisimos tomar otro camino que aparentemente
llevaba a Oyón pero nos equivocamos. Desde
donde estábamos vimos como el resto ordenadamente
pasaba por la carretera con Erick adelante
y se iban haciendo pequeños, pero tercos nosotros
no abandonábamos la idea de continuar por
el camino elegido. Un trecho del cerro se
había deslizado y había cortado el camino
de herradura por lo que en un rápido análisis
decidí volver a la carretera y no perder más
tiempo pero Arturo aun porfiaba pasar por
el derrumbe.
Cada uno por su lado tuvimos que encontrar
nuestros caminos, yo volví a la carretera,
eso significaba retroceder lo andado y quedar
rezagado al final pero al menos sabía que
estando en la carretera podría caminar rápido
y quizá alcanzar a todo el pelotón que había
dejado sólo polvo a su paso. Arturo subía
intentando encontrar el camino que lo lleve
directo a Oyón, pero al final minutos después
desistió y volvió a la carretera, eso ya no
lo vi porque estaba en las curvas de la carretera
sacándole chispas a la suela Salomon. Poco
más de una hora me tardé en ver a lo lejos
a parte del grupo que bajaba por la carretera,
eran Jimmy y Karina y mucho más adelante distinguí
a Alex y Elmer, a Erick nunca lo vi, el llegó
a Oyón primero, almorzó, tomó fotos panorámicas
y nos esperó campante.
Caminar por carretera es tan molesto para
mí como ver una novela mexicana, nunca acaban,
pero
por
más que buscamos nunca encontramos un camino
de herradura así que a Oyón llegamos por carretera.
Directo a la plaza de armas, lugar lógico
de encuentro. Una vez los
siete reunidos nos fuimos a dar rienda suelta
al hambre y para esto dimos con el restaurante
Churín que nos sirvió sendos platos a la carta
y menús en su patio central con el sol aun
calentando, los cerros alrededor y el vuelo
de tres cóndores a lo lejos, muy lejos. Un
par de horas más tarde nos dieron la sorpresa
Willy e Irma que saliendo temprano de su campamento
habían caminado a buen ritmo y casi nos habían
alcanzado en el camino, de esa manera fue
como los nueve de Quisque llegamos a Oyón.
Así dimos por concluida esta caminata que
luego de tres días no llevó por parajes insospechados,
nos mostró toda su belleza como pueden apreciar
en las lentes de los participantes y nos remontó
al pasado imperial incaico. No pretendemos
alcanzar la etiqueta de descubridores, sólo
queremos dar a conocer las bellezas que tiene
un poco escondido el Perú y esta ruta es una,
el esfuerzo se verá compensado doblemente,
sólo les queda animarse a recorrerla, háganlo
que no se arrepentirán.
Percy
Rodríguez (Rastros
Trek Perú)
Participaron:
Erick
Llontop, Alex Grau, Elmer Montes, Irma Quispe,
Jimmy Alcántara, Arturo Salazar, Karina
Nuñez, Willy Ludowieg y Percy Rodríguez
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