Buscando
los restos del Capac Ñam entre Pasco y Lima
Jueves
13 - Sábado 15 de Abril del 2006
Un
artículo de la revista española Desnivel del
2004 llamó mi atención hace unos meses, titulada
Cordillera Central describía varias actividades
por dicha zona, al sur con Huayllay, al norte
con caminatas por las cordilleras Rumicruz,
Raura y Huayhuash, al este con ascensiones
a nevados. Esto más la intención de conocer
algo adicional de los caminos incas desperdigados
por Pasco, Junín, Lima, etc, fueron dando
origen a la salida de semana santa. Luego
de estudiar las posibles rutas, los mapas
a usar, el cálculo de tiempos, altitudes,
puntos de campamento, en fin toda la logística,
decidimos hacer la ruta con mis compañeros
de equipo. La vorágine de la capital finalmente
pudo más y quince días antes mis compañeros
desistían de la empresa por diversos motivos.
Pero no había marcha atrás, la invitación
al público ya estaba hecha. Finalmente armamos
un grupo de nueve caminantes, todos muy parejos
y con experiencia dispuestos a seguir mi propuesta.
Fletando
dos taxis fue como llegamos a Quisque, un
pueblito en las alturas de Pasco, al pie del
enorme y bello lago Punrun. Nos recibieron
los perros, las ovejas, las llamas, uno que
otro poblador esquivo y por supuesto el viento
helado de las alturas. En nuestro plan inicial
en ese instante ya deberíamos estar a dos
horas de camino pero nos había costado trabajo
encontrar movilidad en Cerro de Pasco sobretodo
por las condiciones deterioradas de la carretera
a Quisque. Por lo tanto estábamos atrasados
y había simplemente que echarse a andar y
así fue sin mayor ceremonia.
La ruta inicial nos mandaba caminar hacia
el sur pero gracias a Willy -que también cargaba
un mapa- y a algún
acomedido poblador, desviamos la ruta hacia
el norte, bordeando Punrun, un camino algo
más pesado que la opción uno pero al fin y
al cabo más corto y con las mejores vistas
de este lago. Emprendimos pues el camino hacia
el norte, mapa en mano iba calculando unas
tres horas para llegar al punto de referencia
siguiente, el pueblo abandonado de Jumasha.
Este camino tiene tantas subidas como bajadas,
y trascurre por el borde del acantilado que
forman los cerros con Punrun, algunos tramos
se hacen estrechos y muestran caídas verticales
pero al final de este trayecto el camino desemboca
en una loma, unos cien metros encima de Jumasha,
a lo lejos se ven las casitas con techos a
dos aguas a la orilla del manso lago. Bajamos
Karina y yo que íbamos adelante tanteando
la ruta a seguir ese primer día y cuando llegamos
al pueblo recién nos dimos cuenta que era
un pueblo abandonado, al fondo se veían estructuras
de metal que nos hacían pensar en su vida
años atrás, probablemente de actividad minera.
Lo primero que hicimos fue buscar un lugar
adecuado para descansar y para esto no hubo
mejor lugar que una
casa con un ancho pasadizo techado y piso
de madera, el lugar era excelente para protegernos
del viento mientras el resto llegaba. A lo
lejos aparecieron Elmer y Alex y el resto
del grupo fue llegando cada quince minutos.
Con el correr del tiempo, el lugar que elegimos
para descansar tuvo que convertirse en lugar
de campamento pues ya eran más de las tres
de la tarde y en lo que seguía de camino no
parecía haber mejor zona de campamento.
Pensaba
en lo atrasado que estábamos de nuestros planes
iniciales así que sugería levantarnos a las
cinco de la mañana para tener más tiempo el
viernes de remontar el tiempo perdido. Elmer
sugirió las cuatro de la mañana como inicio
de actividades y así quedamos. Lo que siguió
de la noche fue un banquete de arroz chaufa,
salchichas, frejoles, café, mazamorra morada,
frutas, es decir, la gente se alimentaba bien
para mañana y tenían razón, sería un día duro.
La luna estaba llena y sobre el lago, una
luz que le daba un tono particular, con esa
visión cerré mis ojos para descansar.
Eran casi las cuatro de la madrugada y ya
no soportaba la sed y la posición en que estaba
durmiendo, así que
me levanté para iniciar el día, el resto también
empezaba a desperezarse en el claroscuro de
la madrugada. Para mí, un desayuno frugal,
el resto preparaba un desayuno continental.
Siendo las cinco y media de la madrugada y
con la luz de luna tiñendo todo de azul, dejamos
Jumasha, nuestro punto de campamento improvisado.
Según el mapa había que superar este día un
abra de 4650m, adicional al principal abra
del día, Paso Chacua Grande con 4850m.
Caminando aun a tientas, empezamos a otear
el camino, bordeamos el último tramo de Punrun,
páramo
inundado,
le dijimos adiós y según mandaba nuestra orientación
entramos a la quebrada Catahuari para alcanzar
el Paso Pucci. Lo primero que nos recibió
en esta quebrada fue el
cementerio de Jumasha y una laguna pequeña
que reflejaba todo a su alrededor. En este
punto Willy, que había llevado radio comunicadores
me alcanzó uno y quedamos en comunicarnos
cada hora por si nos distanciábamos mucho.
El camino a seguir se veía claro, llegar al
abra Pucci nos tomaría unas tres horas, Karina
y yo adelante, Elmer, Alex y Erick un poco
más atrás y Jimmy, Arturo, Willy e Irma cerrando
filas. Esta quebrada tiene cuatro pequeñas
lagunas y alcanzarlas es relativamente fácil,
la subida tiene un camino marcado y siempre
pasa por el pie de estas lagunas, sólo al
final se separa de la última laguna y empieza
la trepada final para llegar al abra Pucci.
Cada hora que pasaba iba contactando con Willy
para ver el estado de su avance, a veces la
comunicación se hacía deficiente por los cerros
que bloqueaban la señal, pero mal que bien
nos lográbamos comunicar.
La definición del camino hasta ahora no me
había representado mayores problemas, el mapa
era claro e iba
comparando
todos los referentes geográficos para estar
seguro que íbamos por buen camino, así fue
como llegamos al abra Pucci, un par de minutos
para recuperar el oxígeno y empezar el descenso
a la pampa Yanamachay. Elmer y su pelotón
se mostraban cerca de nosotros y así les servíamos
de señal y ellos a su vez de señal para el
grupo de Willy. Cuando ya estábamos en lo
más bajo del valle tuvimos problemas para
comunicarnos con
Willy pero a pesar de eso llegué a establecer
comunicación y nos decía que Irma estaba sintiéndose
mal y que estaban yendo a ritmo lento. Ese
día era el día en que debíamos recuperar lo
que perdimos el jueves y la meta definitivamente
era pasar Chacua Grande y descender por lo
menos media hora más por lo que atrasar el
paso era un problema para llegar a la meta.
No volvimos a establecer comunicación con
ellos. Seguíamos avanzando, esta vez ya habíamos
pasado la laguna Taptapa y Huatacocha, el
valle verde con las lagunas y los nevados
del fondo se veían como una pintura que invitaba
a sentarte a observarla horas y horas pero
como tiempo era lo que no sobraba, teníamos
que grabarla rápidamente en la mente y en
una foto. Así
llegamos
a la laguna Pistag que tiene un desaguadero
con compuerta de concreto, por donde pasamos
haciendo fácil equilibrio. Desde nuestro punto
ya podíamos ver las huellas para subir al
abra mayor, sólo al final el camino se perdía
junto con las suposiciones de por donde pasar
el Chacua Grande. El orden de los caminantes
se había mantenido tal cual salimos de Jumasha
y nosotros seguíamos sirviendo de señal para
que los que nos seguían vieran la ruta o la
intuyeran mejor.
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